LA ESCALERA DE INFERENCIA PARA RESOLVER CONFLICTOS

malinterpretar Un día normal, en una oficina cualquiera

Rosa piensa…

…Hoy es uno de esos días en los que me levanto ya agotada. Mi hija ha estado enferma toda la noche y no he pegado ojo. Llego a la oficina con la cabeza puesta en una reunión que tengo a segunda hora y que me falta terminar de preparar con los últimos datos. Es una reunión importante y no tengo la cabeza nada centrada…

Me cruzo con varias personas pero casi ni les oigo ni les veo. A ver si hay suerte y hoy es de esos días que el ordenador arranca bien. ¿Me he cruzado con Jaime? Por el rabillo del ojo me ha parecido que ponía mala cara. No sé, no estoy segura. Ahora no puedo pararme a pensar en ello… ¿Qué tal si empiezo por tomarme un café bien cargadito antes de sentarme a trabajar?

Jaime piensa…

…A ver que tal hoy en el curro. Últimamente no estoy nada cómodo. Me da la sensación de que la gente no me hace caso. No creo que sean sensaciones mías.

Mira, por ahí viene Rosa, a ver si me paro a preguntarle, que ella suele ser bastante sincera.

¿Pero, qué ha pasado? ¿Será posible? Ni siquiera me ha respondido el saludo. Seguro que no ha querido saludarme. Es imposible que no me haya visto, si casi nos chocamos!

Seguro que es por el tema de las vacaciones, como yo fui el único al que no me pareció bien el calendario de este año,… ¿Pero podré opinar, no? Todo el mundo me dijo que no pasaba nada, pero en el fondo no me lo perdonan. Todos piensan que soy un pelma con este tema. Por eso no me saludan.

Pues no pienso callarme lo que pienso, voy a decir lo que me parece y si le sienta mal a todo el mundo es su problema. Yo no tengo por qué cambiar de opinión y no voy a perder mi tiempo saludando a quien no quiere hablar conmigo.

A nuestro cerebro no le gusta no saber… así que se monta una bonita historia.

escalera de inferenciaEsto es un ejemplo, pura ficción. Pero seguro que alguna vez te ha pasado algo similar. Interpretamos un hecho objetivo (Rosa no me ha saludado) y lo vestimos con nuestra imaginación hasta dar forma a una historia que no tiene por qué ser real pero que a nosotros nos interesa creer.

Esto sucede por una razón sencilla. A nuestro cerebro no le gusta la incertidumbre, el no saber por qué suceden las cosas. Así que…

cuando un hecho no tiene una respuesta lógica (saludo y me responden)

empieza a buscar interpretaciones (no me ha saludado porque no ha querido),

causas (es por el tema de las vacaciones),

generalizaciones (todos piensan que soy un pelma)

y acciones que son respuesta de las emociones que me han generado todo lo anterior (no pienso callarme, no voy a perder mi tiempo saludando…)

La escalera de inferencia

El psicólogo Chris Argyris llamó a este proceso “la escalera de inferencia”. Partimos de un dato seleccionado por nuestra mente, y le asignamos un significado que nos llevan a una determinada acción.

Hacemos estas operaciones diariamente, cientos de veces, sin darnos cuenta. A veces en cuestión de segundo llegamos a conclusiones y tomamos decisiones que nos pueden traer bastantes quebraderos de cabeza. No solo a nosotros, también a la gente que nos rodea.

Es interesante apuntar además que el tipo de interpretación que le damos a lo que ocurre no es al azar, ni mucho menos. Va a depender de mi forma de ver el mundo, de mis creencias, de mis experiencias. En este ejemplo el hecho de que Jaime ya fuera pensando en que existía un problema, condiciona en cierto modo la interpretación de después.

Bajar por la escalera de inferencia para resolver el problema

Entendiendo que esta es nuestra forma de pensamiento, la buena noticia es que es posible hacer el camino de la escalera de inferencia a la inversa. Iniciar el camino desde el comportamiento visible (la acción) hasta encontrar el hecho objetivo que la desató.

Para ello necesitamos mejorar nuestras habilidades comunicativas. Fiarnos menos de lo que creemos que pasa y preguntar más, porque en el mismo momento en que Jaime sea capaz de preguntarle a Rosa la razón por la que no le saludó, se iniciará la posibilidad de un entendimiento y una solución a un conflicto que realmente nunca ha existido excepto en la cabeza de Jaime, pero que si no se resuelve puede crecer como una bola de nieve pendiente abajo.

Así que ese es el reto. Descubrir dónde nos lleva nuestra calenturienta mente de telenovela y dejar de interpretar para empezar por preguntar y escuchar. Y de esta forma resolver los temas cara a cara. Lo que a veces es complicado de hacer, no digo yo que no, pero tremendamente saludable para la mente y las relaciones.

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